Kafka decía que al escribir un diario "uno se entera con tranquilizadora claridad de las transformaciones que sufre constantemente", esa clase de espejo que sin reglas ni etiquetas va guardando las huellas de nuestro rastro. El mío me lo trajo mi amiga Penelope de la India, es de hojas recicladas envuelto en dos corchos enigmáticamente tallados; está repleto de historias de ilusión, desamor, miedos, y una que otra travesura.
Debo confesar que al principio le costó como en cualquier amistad que le revelara mis secretos, comencé con códigos de palabras interpuestas para disfrazar hasta lo que me dictaba la mente. Hoy más que nunca la mano que en él se empuña se mueve con más fuerza, desalojando certezas por dudas indiscretas. En cambio ahora pienso lo que voy a escribir aquí, porque quizás la falta de silencio es la clave esencial para comprender la superficialidad a la que nos hemos acostumbrado a vivir.
No es esta una historia del montón, si bien ahora, sólo las bellas locuras se presentan a través del tiempo en otra diagramación.
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